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Sebastián Mora · Ex secretario general de Cáritas Española

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“UN TERCER SECTOR SIN BASE SOCIAL ES INVIABLE Y TENDERÁ A CONVERTIRSE EN UNA EMPRESA SOCIAL”

Sebastián Mora ha vivido en primera persona el desarrollo del voluntariado en España, ha realizado investigaciones sobre esta actividad y ha ejercido diferentes cargos de responsabilidad, como los de secretario general de Cáritas Española, director ejecutivo de la Fundación Foessa y vicepresidente de la Plataforma del Tercer Sector y de la Plataforma de Organizaciones de Acción Social.
Actualmente, es profesor en la Universidad Pontificia Comillas y realiza voluntariado en las asociaciones A Tiempo e It Will Be. Su trayectoria avala la valía de sus reflexiones y respuestas.

En su amplia trayectoria sobre voluntariado, ¿qué le ha movido a implicarse activamente en él?
Mis comienzos en el voluntariado fueron fruto del azar y la inquietud. Azar porque mi primer voluntariado tiene más que ver con una actividad de adolescentes que quieren estar juntos que con un compromiso ético. Desde esa primera experiencia se fue fraguando una inquietud que brota de mi experiencia como creyente cristiano y mi compromiso ético. Desde estas claves, inseparables, llevo 40 años en distintos compromisos voluntarios.
He vivido el desarrollo del voluntariado en España en primera persona, desde la labor de base (ahora soy voluntario en una pequeña asociación de Vallecas que trabaja con personas con problemas de adicción) hasta la gestión de una gran organización de voluntariado como Cáritas Española. En este recorrido he aprendido muchísimo de las personas voluntarias, que se han desgastado en su compromiso cotidiano con pasión y razón, y de las personas en vulnerabilidad social, que me han transmitido valores humanos y espirituales de una profundidad infinita.

Ha señalado en alguna ocasión que “nos hemos acostumbrado a tolerar lo intolerable”. ¿Por qué?
Habitualmente no somos capaces de infringir sufrimiento a una persona; pero, sin embargo, somos capaces de convivir con situaciones intolerables. Por ejemplo, creo que pocas personas son capaces de golpear a un inmigrante, pero cuando son golpeados, expulsados en caliente, sin cobertura de los derechos humanos, nos llega a parecer normal. Adorno, refiriéndose al Holocausto, decía que los “monstruos normales”, aquellos que practican una injusticia pasiva, son tan peligrosos como los verdugos de los campos de concentración. Vivimos un retorno de la barbarie y el brutalismo (Mbembe) que considera a muchas personas como población sobrante. Como dice el papa Francisco, la cultura del descarte que expulsa y elimina a la población excedentaria. El caso de las migraciones es un hecho paradigmático.
Seguramente cerramos los ojos por comodidad, por no perder nuestros privilegios y mantener el estatus quo mientras nos vaya a nosotros bien. En esto el voluntariado debe estar alerta. No podemos dar con una mano ayuda y cerrar los ojos a la injusticia estructural.

Asegura que “luchar contra la frialdad es un imperativo de la acción del voluntario”. ¿Cómo se puede reconducir?
Para convivir con “lo intolerable” lo que hacemos en buscar distancias emocionales frente a las situaciones injustas. Cuando en vez de personas en pobreza solo vemos estadísticas, cuando solo nos acercamos al dolor y la injusticia por la mediación de pantallas, cuando tratamos de buscar distancia emocional para que no nos afecten las otras personas… estamos generando muros de frialdad.
El voluntariado debe derribar esos muros y acercarse, vital y existencialmente, a esos espacios de injusticia, de sufrimiento y fragilidad. Tenemos que ser conscientes de que en nuestras sociedades tenemos una mirada muy selectiva que oculta el sufrimiento de algunas personas y grupos y pone en primer plano otros. El exceso de sentimentalismo con algunos ámbitos y personas puede ser una manera de ocultar el de otros. Hay un sentimentalismo que produce frialdad, hay un “sentimentalismo sin piedad”. Aquí la labor de desvelar la realidad oculta es fundamental en la práctica voluntaria.

¿Qué otros imperativos considera esenciales para la labor del voluntariado?
Me parece que en este momento hay dos dinamismos esenciales. El primero tiene que ver con la “gratuidad”. En un mundo monetarizado, donde todo parece tener precio y gana espacio el intercambio sobre la reciprocidad, la lógica de la gratuidad me parece esencial. La lógica del don, de lo gratuito es un aporte tradicional del voluntariado que debemos seguir profundizando.
El segundo dinamismo es el comunitario. Estamos perdiendo músculo comunitario en las sociedades actuales. También el voluntariado está cayendo en esta lógica individualista que no se sustenta en la lógica comunitaria. Para el voluntariado, la comunidad es fundamento e instrumento, medio y fin de la acción. Para construir comunidad es necesario desarrollar espacios de vinculación y relación entre las personas. No podemos olvidar, y esto es esencial, que el voluntariado adquiere su especificidad desde una organización, asociación o tejido comunitario que los sustenta y le otorga plusvalía significativa.

¿Qué debe aportar el voluntariado como sabiduría de la experiencia?
La sabiduría, a mi entender, es un “saber con sabor”; es decir, una forma de conocimiento tamizado por el poder de la experiencia. No existe sabiduría sin conocimiento, pero el solo conocimiento no sustenta la sabiduría. Por ello, me parece esencial que el voluntariado profundice en su formación desde diversas perspectivas. Es importante saber hacer, pero también cuidar el ser. También es clave saber acompañar la experiencia de las personas voluntarias. Muchas veces, la experiencia no tiene calado porque se diluye en el día a día por falta de reflexión. La experiencia sin reflexión es ciega y puede agotarse en la mera emotividad. Acompañar la experiencia voluntaria desde las organizaciones para poder “saborear” en profundidad la vida voluntaria es esencial.

¿Cómo deben ser visibles y representadas en las ONG las personas vulnerables o en riesgo de vulnerabilidad?
En el Tercer Sector hay un cierto “despotismo” que podemos expresarlo de la siguiente manera: todo para las personas vulnerables o en riesgo de vulnerabilidad, pero sin su participación. Criticamos la falta de participación social de las personas vulnerables, pero la potenciamos muy poco en nuestras organizaciones. Esto es un déficit grande.
El cómo se puede potenciar la participación es muy plural. Depende de las organizaciones, del tamaño, de los colectivos de atención, etc. Pero el factor esencial es la voluntad de fomentar la participación. Sin esa voluntad de la organización el resto de las propuestas no tiene sentido. ¿Nos creemos que es importante la participación de las personas vulnerables? ¿Estamos dispuestos a asumir los riesgos? ¿Queremos compartir “nuestras esferas de poder”? Esa son las preguntas claves a mi entender.

¿Qué ética deberían seguir las ONG para realizar sus programas y proyectos?
Esta pregunta es muy compleja y solo plantearía, sin entrar en muchos detalles, que lo primero y principal es tomarse en serio la dimensión ética. Para ello debemos trabajar en dos dimensiones: la ética de la organización y la ética de las personas que forman la organización en sus diversos niveles. Esto conlleva obligaciones y propuestas muy claras: comité ético, criterios éticos de colaboración con empresas, formación ética de las personas que componen la organización, etc. No podemos dar por supuesta la actuación ética de la organización y de las personas por el mero hecho de ser del tercer Sector. Tenemos ya muchos ejemplos que lo atestiguan.
Además, exigiría que realmente hubiera una deliberación pública sobre los valores que nos sustentan, cómo los interpretamos, cuáles nos parecen fundamentales. La ética no es un mero adjetivo de nuestra acción, es el origen y fundamento de ésta.

¿Cuáles son los grandes retos para las organizaciones que componemos el Tercer Sector?
Los retos son muchísimos y giran en torno a la financiación, la transparencia, relaciones con las Administraciones públicas, el impacto de la acción, etc. Son bastantes conocidos y siempre están encima de la mesa en el ámbito del sector. Algunos, como el de financiación, es permanente.
Me parece que son relevante dos retos que suelen estar menos presentes. El primero, los fines del Tercer Sector. ¿Cuáles son? ¿Cuál es su función en nuestra sociedad? La impresión que tengo es que estamos en un momento en el que confundimos “fines y medios”. Estamos muy centrados en los medios y relativamente desorientados en los fines. La calidad de la acción, el impacto de nuestros servicios, los innumerables requerimientos burocráticos, el fundraising eficientes, etc. Sin embargo, perdemos de vista que luchamos por la justicia, la igualdad y por la construcción de una sociedad democrática con la participación de todas las personas. En momentos de incertidumbre hay que volver a mirar las estrellas para no perdernos en medio de la tormenta.
El segundo reto, tiene que ver con la participación en las organizaciones. Antes aludíamos a la participación de las personas en exclusión con un elemento determinante. Ahora bien, es imposible la participación en organizaciones no participativas. Creo que se va imponiendo el modelo gerencial frente al participativo. Desde estos modelos es muy difícil conectar con la base social. Y, tal como se ha repetido en los diversos autodiagnósticos del Tercer Sector, la desconexión con la base social es grande. Un Tercer Sector sin base social es inviable y tenderá a convertirse en una empresa social.